La mujer que se perdió entre los espejos
Había una vez una mujer que vivía en una casa llena de espejos. No eran espejos comunes. Cada uno mostraba a la mujer que alguien necesitaba que ella fuera.
En el pasillo, veía a la hija que nunca decepcionaba a nadie. En la cocina, a la madre o cuidadora que nunca mostraba cansancio. En la oficina, a la profesional que resolvía todo y sonreía incluso cuando su corazón pedía silencio.
Se esforzaba tanto por cuidar cada reflejo que, cuando llegaba la noche, ya no sabía si estaba cansada por el día o por intentar cumplir con tantas expectativas.
Una mañana, se detuvo ante un espejo antiguo, casi oculto bajo una tela. Retiró la tela despacio. Esperaba encontrar otra versión perfecta de sí misma. Pero solo vio su propio rostro: ojos cansados, algunas huellas del tiempo y una mirada que parecía preguntarle, en silencio, dónde había estado durante tantos años.
Sintió ganas de llorar. No porque hubiera fallado. Sino porque comprendió cuánto tiempo había pasado sin preguntarse si estaba bien.
Abrió la ventana y dejó entrar la luz. Se sentó junto a ella y, por primera vez, sin prisa, se preguntó: «¿Qué necesito? ¿Qué me alegra? ¿Qué deseo, aunque nadie aplauda?».
Ninguna respuesta llegó de inmediato. Respiró. Tomó un cuaderno y escribió una sola frase: «Quiero volver a escucharme».
Ese día, los espejos siguieron en la casa. Sus compromisos también. Pero algo cambió: comprendió que podía ser importante para tantas personas sin dejar de ser importante para sí misma.


